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septiembre 24, 2026

A quién quieres agradar con tus canciones?

¿Quieres agradar a Dios con tus canciones?

Si tienes a Cristo en tu corazón y eres parte del equipo de alabanza de alguna iglesia evangélica (ya sea cantor, corista, músico, etc.), y te hago la siguiente pregunta: "¿A quién quieres agradar con las canciones que interpretas en la iglesia?", ¿qué me responderías?

Casi podría asegurarte que contestarías: "Quiero agradar a Dios con mis canciones, ¡por supuesto!". ¿Verdad que sí? Sin embargo, aunque esa suele ser la respuesta en modo automático de casi cualquier ministro de alabanza, la realidad es que, aunque decimos así, en realidad no siempre lo cumplimos verdaderamente.

¿Te has preguntado a quién quieres agradar con tus canciones?

Muchas veces, con toda la mejor y buena intención, terminamos buscando, escogiendo e interpretando canciones, supuestamente para Dios; pero nuestra motivación subyacente (de la cual a veces ni siquiera nos damos cuenta) es agradarle a otros, agradarnos a nosotros mismos, agradarle a todos... menos a Dios.

Y es que, en lugar de enfocarnos en interpretar cantos para el agrado de Dios, por el contrario, demasiadas veces el enfoque de nuestra ministración se dirige hacia otros fines y nos olvidamos de cantar para agradarle a nuestro amado Señor.

A continuación veremos algunos casos prácticos y reales que nos ayuden a comprender esto un poco mejor y les invito a que, mientras los vamos analizando, nos auto-examinemos para ver si nuestro enfoque de la ministración suele ser o no el más acertado.




Posiblemente, alguna vez hayas dicho (o al menos pensado dentro de ti) algo más o menos así:
  • “¡Cómo le gusta a la gente en la iglesia esta canción!”
  • “Esta canción es linda... La gente siempre llora cuando la cantamos…”
  • “¡Con esta canción se va a formar tremenda danzadera!”
  • “¡Wao!… Nada más oyen el principio y ya la gente se emociona..."
  • "Esto aquí se va a encender cuando cantemos esta canción..."

Si alguna vez pensaste algunas de esas cosas (o algo parecido), quizás, sin darte cuenta, estabas procurando agradar a la congregación, usando lo que sabes que a ellos les gusta, valiéndote de aquellas cosas que ya has visto que provocan en ellos tales o cuales reacciones. E incluso tomas esa respuesta que ves en la gente como una auto-validación subconsciente (que puede resultar bastante desacertada) de la efectividad o no de tu ministración en el plano espiritual. 

¿Escoges las canciones para complacer a la congregación?

Y que no se me mal entienda en esto. Dependiendo del propósito, evento y contexto de nuestra música (ya sea evangelístico, congregacional, conferencias, conciertos, presentaciones infantiles, juveniles, grabaciones comerciales, redes sociales, etc.) este aspecto acerca de "lo que le gusta al público" o audiencia tiene diversas connotaciones muy importantes que no hay que subestimar ni descartar y que resulta muy importante tomar en cuenta (las cuales analizaremos en otro momento en otro post). Sin embargo, no es a eso a lo que me estoy refiriendo en este punto. Tampoco  me refiero a no echar mano de buenas canciones; todo lo contrario, pues es lo que siempre recomiendo: usar buenas canciones.

A lo que me refiero es que a veces deseamos tanto el ver o provocar esas “reacciones" o respuestas específicas de comportamiento en las personas, que terminamos escogiendo las canciones y alineando todo para complacer a la congregación.

Y entonces, hasta llegamos a asumir o suponer que las reacciones que vemos en ellos son un indicativo inequívoco de lo que está sucediendo espiritualmente durante la ministración. Pero esto muchas veces resulta en un error. Y eso sería pretender ministrar por pura retroalimentación.

Ah, y de paso, tampoco  pongamos nuestra esperanza en ninguna canción, como si fuese que tal o cual canción es la que hace la obra. La obra de ministrar o no a la gente la hace Dios, no una canción, aún por muy bella o excelente que esta sea.

No pongas tu esperanza en las canciones.


Como veníamos diciendo, a veces, sin darnos cuenta, podemos caer en el error de preparar y conducir nuestra ministración simplemente en base las reacciones que observamos (o queremos observar) en las personas allí congregadas. 

Quizás deseamos producir y ver supuestas respuestas o reacciones anímicas en ellos; y resulta que, si percibimos esas reacciones (al menos con nuestros ojos), entonces nos sentimos bien con nosotros mismos porque pensamos (erradamente, en muchas ocasiones) que aquello es sinónimo de que lo que estamos cantando está siendo bueno par ellos y agradable ante Dios. O por el contrario, si no vemos esas reacciones que esperaríamos o desearíamos ver, entonces nos frustramos, pues pensamos que no estamos logrando el objetivo que nos habíamos fijado.

A veces condicionamos nuestra ministración
según las reacciones que vemos en la congregación

Y lo peor es que, a partir de ese razonamiento, olvidamos que las apariencias son engañosas y hasta terminamos creyendo que, "por default" (de manera automática o predeterminada), las reacciones de la gente que vemos con nuestros ojos naturales, son la "confirmación" de que lo que estamos cantando le agrada al Señor.

De hecho, he visto (tanto en persona como por internet) a multitud de personas en conciertos cristianos y en iglesias que, ante tal o cual música o canción, están súper pero súper emocionadas (lo cual es evidente por sus comportamientos). Y sin embargo, resulta que la canción que ellos están oyendo (la cual es la misma que yo estoy oyendo en ese momento y discerniendo) está fuera de orden, o es antibíblica y en algunas ocasiones, hasta herética; o exalta al hombre o a la carne y no habla, ni dice, ni muestra, ni presenta nada, pero nadita que exalte a Dios, o que nos inste a acercarnos a él, o que al menos, nos haga pensar realmente en él. ¡Nada! 

Necesitamos discernir la música catalogada
como cristiana, pues no toda es agradable a Dios

Pero aún así, esos cristianos allí presentes están felices cantando, gritando, aplaudiendo, saltando, danzando, llorando o lo que sea, simplemente por respuestas emocionales, sentimentales y en algunos casos, hasta carnales. Y no exagero.

Para ilustrar lo anterior, dice un refrán que una imagen vale más que mil palabras; y diría yo, un video, mucho más. Por eso les comparto (unos párrafos más abajo) el enlace del video de una canción, interpretada en vivo por una invitada en una iglesia (pastoreada por un reconocido cantante evangélico), pero que es una interpretación centrada en las personas, las emociones y a veces, pareciera que hasta en la carne. 

La intención aquí no es criticar personas ni ministerios, sino que abramos los ojos y comprendamos que NO TODO lo que produce sonrisas, cantos, bailes, gritos, brincos, levantar las manos y aparente alegría (incluso en la iglesia) trae honra a Dios.

El video es de la canción "Clean", de la cantante dominicana Marta Candela. Antes de proseguir, quiero dejar en claro que me estoy refiriendo con este ejemplo a la interpretación de dicha canción que hace la cantante EN ESTE VIDEO y OCASIÓN ESPECÍFICA. NO estoy analizando aquí todas sus presentaciones, ni sus demás canciones, ni estoy criticando a su persona ni a su ministerio en general, sino solo lo que puedo ver en dicho video específico. Y no hay pecado en cuestionarnos las cosas, pues la palabra de Dios nos dice: "Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal." (1 Tesalonicenses 5:21-22).

Ahora bien, continuando con el video mencionado, las únicas frases de la canción que dicen allí algo que podría considerarse productivo, solo duran los primeros 25 segundos del video y dicen: "Si quieres que Dios te use, tú tienes que estar ¡Clean! Que tus ojos, ¡Clean! Que tu boca, ¡Clean! Que tus manos, ¡Clean! Que tu corazón; ¡Clean! Por dentro, ¡Clean! Por fuera, ¡Clean! Y luego se pasa el resto del video (que dura en total 5 minutos y 27 segundos) cantando indefinidamente: "¡Clean, clean, clean, clean, clean....!" y otras otras fases sueltas, bailando y brincando, tanto las personas en el altar como la gente del público. 

Y si en un principio ella mencionó que Dios te quiere "clean", a la gente se le olvidó ese mensaje durante el resto de la canción, pues de allí en adelante lo que predominó fue el baile y la diversión. Ese es un ejemplo claro de cuando la gente se deja atrapar por la música, aunque la letra no tenga esencia ni mucho sentido.


No nos dejemos atrapar por la música de las canciones,
sin discernir el mensaje de estas.

(Si quieren constatar lo que digo, pueden darle clic al enlace que sigue abajo).



Tomando el mencionado video como ejemplo, pregunto yo:
  • ¿Esa canción nos hace pensar en Dios?
  • ¿Nos habla de la persona de Dios o de sus atributos?
  • ¿Exalta el poder o la grandeza de Dios?
  • ¿Menciona aunque sea un poquito el mensaje del Evangelio?
  • ¿Alguna vez explica al menos cómo se puede llegar a estar "clean"? (ya que la canción se centra en la palabra "clean").
  • ¿Nos convoca al arrepentimiento o a ordenar nuestras vidas delante de Dios?
  • ¿Nos inspira a acercarnos a Dios y tener un encuentro con él?
  • ¿Nos recuerda algún pasaje de las Escrituras o nos enseña principios bíblicos?
  • ¿Nos impulsa a deleitarnos o gozarnos en Dios en reverencia y temor de Dios y bajo el entendimiento de quién es él?
  • ¿Nos hace recordar las obras y maravillas de Dios o alguna de sus promesas?
  • ¿Infunde aliento, esperanza o fe al oyente? 

Si somos objetivos, la respuesta a esas preguntas sería NO.

Por el contrario, la interpretación que hace la cantante en ese video, en lugar de hacernos mirar hacia arriba (a Dios) o hacia adentro (a examinarnos retrospectivamente) o hacia alrededor (para ministrar las necesidades de la gente), solo se enfoca en la carne, en cantar, brincar, bailar y contonearse todos, en aparente alegría exterior (que más bien parece histeria colectiva) y es una canción vacía, a la cual yo ni siquiera llamaría una canción "cristiana", pues no veo a Cristo en esta. Entonces, ¿podríamos decir que el espectáculo en la iglesia que vimos en ese video le agradó a Dios? No puedo hablar por Dios; pero en lo personal, pienso que no.

Y aclaro que NO estoy en contra de expresar efusividad al cantar, tocar música y ministrar, pues yo misma lo hago e incluso en diversos pasajes de Biblia se nos insta a hacerlo. Sin embargo, TODAS las cosas deben ser hechas dentro del orden de Dios, con decoro, prudencia, sabiduría y reverencia; y sobre todo, SIEMPRE, DÁNDOLE el PROTAGONISMO y HONOR AL SEÑOR, no a nosotros y transmitiendo ese mismo sentir al público. 

NO se trata de simplemente darle rienda suelta a las emociones, poner a todo el mundo a bailar, usando el altar y iglesia como un sitio de bailoteo, con cantos que no traen honra a Dios. Una cosa es libertad y otra cosa distinta es libertinaje. 

Sé que esto que digo es fuerte y no todos lo podrán asimilar. Pero si temes y amas a Dios por encima de todo, y para ti el tiempo de alabanza y adoración a Dios es un tiempo preciado, de Dios, por Dios y para Dios (no para levantarnos o complacernos a nosotros), comprenderás lo que planteo aquí.

Y es que a veces (y lo digo en un sentido general) me resulta realmente triste ver cómo algunos ministros de alabanza desperdician el preciado tiempo, momento, ocasión y talentos que Dios les da, para hacer espectáculos orientados a agradar al público, a entretener a la gente, a divertir a la congregación, y para colmo, sin aportar mensajes de valor substancial.

Así que, al pararnos a ministrar en un altar, tengamos presente que el hecho de que podamos ver personas aparentemente conmovidas, felices, extasiadas, bailando, llorando, saltando, riendo, gritando o con sus emociones a flor de piel, eso no significará (ni siempre ni necesariamente) que lo que estoy cantando sea correcto y ni tampoco que le esté agradando a Dios. 

Cuidemos que nunca seamos de aquellos en los cuales se cumple la icónica frase (casi profética) que expresó el reconocido predicador del siglo XIX, Charles Spurgeon, cuando dijo que: "Llegará un tiempo en el que, en lugar de pastores alimentando las ovejas, la iglesia tendrá payasos entreteniendo a las cabras." Y a veces, esos payasos también podrían ser cantores...



En los espectáculos de música secular, e incluso en eventos deportivos, la gente también canta, salta, brinca, grita, llora, ríe, danza, da vueltas, se estremece, se tira al suelo, levanta las manos, se abrazan, etc. De hecho, más abajo les dejo varias imágenes del público, tomadas de eventos deportivos y de conciertos seculares, en donde se observa claramente lo que digo.

Emociones de fanáticos en eventos deportivos.


Emociones de fans en conciertos seculares.

¿Lo ven? Así que NO pensemos que porque vemos en la congregación manifestaciones similares mientras cantamos en la iglesia, ello es un indicativo de que Dios esté en medio de todo eso. No necesariamente es así. 

De hecho, la música per sé es una herramienta súper poderosa y está demostrado científicamente que produce respuestas no solo en el cerebro, sino también en todo el cuerpo.

Por ejemplo, a todos (aún por muy cristianos que seamos) nos ha sucedido que si llega a nuestros oídos tal o cual canción mundana específica, a veces sentimos (ya sea por su música, su instrumentación, la melodía en sí, la voz del cantante, etc.) algo que no podemos explicar y se nos estremece el corazón, sentimos melancolía o quizás tristeza, o hasta se nos eriza la piel, aún y cuando sea en un idioma que no entendemos y se trate de una canción que no tiene nada que ver con Dios. Y es porque la música tiene esa particularidad de influir grandemente en las emociones.

Casi todos hemos llorado o suspirado al escuchar o cantar música.

Por todo lo anterior, siempre consideremos que existe la posibilidad real (y recalco, posibilidad, no certeza) de que la gente esté reaccionando positivamente a nuestras canciones, no necesariamente porque esa canción sea espiritual, ni porque Dios esté tocando o ministrando a sus vidas, ni porque él esté obrando a través de lo que cantamos o decimos.

Puede que sus reacciones se deban simplemente a que están respondiendo al efecto emocional y físico que esa música o canción produce en ellos; o por la motivación (en el plano humano) que puedan estar recibiendo de parte de nosotros. 

 

Incluso, puede ser que sus reacciones son porque les estamos CANTANDO A ELLOS y les estamos diciendo lo que ellos quieren escuchar, en lugar de CANTARLE A DIOS lo que él quiere escuchar de nosotros.

Nuestra labor más sublime
no es cantar para la gente, sino cantar para Dios.


Una cosa es tomar en cuenta a la gente (lo cual sí deberíamos hacer). Pero otra cosa muy distinta es cantar PARA la gente, cuando deberíamos cantar PARA Dios. NO seamos hallados ENFOCADOS en hacer sentir bien a la gente (procurando solamente que a ellos les agrade nuestra música, nuestras canciones, nuestra interpretación) y, en el proceso, olvidarnos de agradarle a Dios. Nuestra labor más sublime es cantar para Dios.

No seamos de aquellos que, cuando cantan, solo se enfocan nada más en la gente, en lugar de enfocarse en Dios. Por eso, los insto a que, antes de ministrar en un altar, nos hagamos siempre la pregunta que le da el título a este post: "¿A QUIÉN QUIERO AGRADAR CON MIS CANCIONES?"


"La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones AL SEÑOR con salmos e himnos y cánticos ESPIRITUALES.
Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él."


2) ¿Tratas de agradar a TUS LÍDERES con tus canciones?


A primera vista, quizás nos parezca que esto no ocurre en los grupos de alabanza de las iglesias cristianas, pero es más común de lo que pensamos y lo he visto suceder de primera mano en diferentes ocasiones.

De manera similar a como algunos cantan canciones porque quieren gustarle a la congregación, también hay ministros que escogen las canciones preferidas del pastor o pastora, de los diáconos o de otros líderes de su iglesia, solo porque quieren agradarles y congraciarse con ellos. O en otros casos esto se da, simplemente, porque son ministros que no tienen un buen criterio propio y dan por sentado que si una canción le gusta a sus líderes, entonces ha de ser apropiada para cantarla (pero esto no siempre resulta la guía más apropiada).

Hay ministros que escogen las canciones
preferidas de su líder, para agradarle a este.

Tal como dice un refrán: "para muestra, un botón", les comparto una anécdota de algo que sucedió hace ya muchos años atrás, dentro de un grupo de alabanza del cual yo formaba parte, en una iglesia en donde me congregaba en ese entonces.

Estábamos reunidos en una práctica o ensayo habitual del grupo de alabanza, preparando la ministración para el siguiente domingo. Una de las hermanas que iba a dirigir los cantos (y que formaba parte del liderazgo del grupo) estaba eligiendo, junto con otras hermanas, qué canciones interpretarían ese día. En eso, una de ellas mencionó una canción y otra dijo con gran entusiasmo: "¡Sí, esa le gusta a la pastora!" Las demás asintieron, sonrieron complacidas y la apuntaron en su lista de canciones que interpretarían. Siguieron buscando y una de las hermanas se acordó de otra canción, la mencionó y dijo: "¡Esta canción también le gusta a la pastora!" Todas se alegraron mucho, mientras añadieron esta segunda canción a su lista.

A todo esto, yo no veía muy apropiado que lo que "le gusta a la pastora" fuese su criterio de escogencia para las canciones de una ministración congregacional. Sin embargo, yo no decía nada y solo me mantenía al margen, en bajo perfil, pues no quise complicarme la vida. Pero como dice un refrán, "la tercera es la vencida". Unos momentos después, la líder mencionó una tercera canción y las demás dijeron casi que al unísono: "¡Sí! Esta es la canción favorita de la pastora ¡Canta esa!" Hasta ahí llegó mi silencio y tuve que hablar.

No escojas las canciones para agradar a tus líderes.

Recuerdo, como si fuera ayer, que les dije lo siguiente:
"Por favor, no escojamos las canciones 'porque le gustan a la pastora'. Escojamos las canciones 'porque le gustan al Señor'. Y si la pastora ama a Dios y está en comunión con él (como yo creo que lo está), entonces, también a ella le gustarán esas canciones. Y ojalá ella estuviera aquí, pues yo sé que me daría la razón en lo que estoy diciendo."

Todos me miraron y guardaron silencio y algunos, incluso, con no muy buena cara que digamos. Incluso, varios hermanos del cuerpo de liderazgo de la iglesia, que eran parte del grupo de alabanza y estaban allí en ese momento, también callaron. Nadie, ni siquiera ningún líder refutó lo que dije, porque sabían que tenía razón. Pero allí no terminó todo.

Tiempo después, y debido a que cada cantor escogía sus canciones según bien le parecía (y no siempre de la manera más acertada), se terminaba cantando en los cultos a veces casi cualquier cosa. Así que sucedió que un buen día, la pastora (sí, esa misma a la que algunos procuraban agradar con sus canciones) estableció una nueva regla para el grupo de alabanza. Palabras más, palabras menos, la pastora explicó (con toda razón) que se estaban cantando canciones que no eran las más apropiadas, que no honraban a Dios, que no transmitían un buen mensaje, que no iban de acuerdo a la Biblia, etc. Puedo decir que ella es una mujer de Dios, una predicadora de sana doctrina y una adoradora de corazón que ama apasionadamente al Señor; así que sabía muy bien lo que decía.

En vista de lo anterior, la nueva regla fue que, antes de iniciar cada culto, el cantor asignado a ese día debería acercarse a la pastora y mostrarle en papel la lista de sus canciones, a ver si ella las aprobaba o no. En ese sentido, más valía que los cantores escogieran canciones apropiadas, porque de no ser así, la pastora se las eliminaba de la lista y tendrían que buscar, en pocos minutos, otras canciones de reemplazo, antes de iniciar el culto o servicio.


Así que un día que me tocaba dirigir el tiempo de alabanza y adoración congregacional en el culto, me acerqué a la pastora con mi lista de canciones en mano, como todos los demás, a ver si ella me las aprobaba o no. Recuerdo que la pastora ni siquiera quiso mirar mi lista; con su mano, apartó suavemente mi papel hacia un lado y me dijo, textualmente: "Contigo no hay problema, porque yo sé que tú siempre cantas canciones que exaltan a Dios". Así que, mientras que a otros cantores ella les seguía revisando su lista de cantos, nunca revisó ninguna de las mías. Y no lo digo por presumir ni nada parecido. La gloria sea a Dios.


Más bien se los comento aquí porque a raíz de esa vivencia entendí que, incluso sin darme cuenta, yo procuraba escoger cantos que trajeran honra a Dios, porque mi propósito era honrarle y agradarle a él, no a la gente. 

Y en mi caso, sin planear yo "agradar a la pastora", sucedió exactamente lo que les había comentado al grupo de alabanza en aquella práctica: que escogiéramos las canciones para agradarle a Dios, no a la pastora; y que, si lo hacíamos así, también le agradarían a ella. Dios honra a los que le honran (1 Samuel 2:30). Y a partir de allí cobré todavía más conciencia de la gran importancia de la letra, contenido o mensaje de los cantos que interpretamos.

De paso, esa regla de la pastora se mantuvo durante un tiempo, hasta que finalmente los cantores fueron aprendiendo a escoger correctamente sus canciones.

Solo como aclaración: Con lo dicho hasta aquí NO me refiero a cuando el pastor, predicador o algún líder te pide que cantes tal o cual canción en un momento dado del servicio. Puede ser que la canción que te piden que interpretes va de acuerdo al tema de la predicación, del evento, o por la razón que fuese. Ya eso es un caso diferente y deberías cantar lo que te han solicitado.
Más bien, el meollo de lo que he querido plasmar en este punto es que tus criterios de escogencia de las canciones que vas a interpretar en un culto o servicio NO estén BASADOS o CENTRADOS en el hecho de que esos cantos les agraden a tus líderes.

No escojas tus canciones solo porque le gustan a algún líder

Como ministro de alabanza (indistintamente de si eres cantor o músico), debes ir más allá de tomar como referencia las canciones que le gustan a tus líderes y desarrollar un buen criterio propio para escoger las canciones. Esto abarca muchos matices necesarios a tener en consideración (que veremos en otros posts). Pero como punto de partida, hay ciertos aspectos espirituales elementales que siempre deberías tener en cuenta, tales como:

 


  •  También necesitas discernimiento espiritual, porque no es asunto de cantar por cantar, sino hacerlo de acuerdo a la voluntad de Dios, que es agradable y perfecta (Romanos 12:2). Una canción bien escogida o mal escogida puede marcar la diferencia (para bien o para mal) entre que esa ministración resulte en bendición y edificación (Salmos 34:1-2;  Efesios 4:29;  Proverbios 12:25;  Proverbios 10:11), o que resulte en confusión, desorden o desánimo (Proverbios 25:20).

  • Además, la Biblia debe ser tu filtro, haciendo pasar por ella todo lo que vayas a cantar y/o decir al ministrar. Tus canciones jamás deberían contradecir la Palabra de Dios, sino que siempre deben estar alineadas con lo que esta nos enseña (Colosenses 3:16; Efesios 5:19-20;  Salmos 119:105;  2 Timoteo 3:16-17;  Salmo 40:3;  Jeremías 1:9). Pero si no leemos su Palabra, ¿cómo vamos a saber discernir si lo que decimos y cantamos es correcto? Por eso, todo ministro de alabanza (sea cantor o sea músico) debería amar la Palabra de Dios y ser un asiduo estudioso de ella, y no solo de pentagramas, acordes, canciones, técnicas vocales o tendencias musicales.

Escoge tus canciones bajo la guía y dirección de Dios.

Así que, reitero: No escojamos las canciones procurando agradarle a la gente; escojamos las canciones para agradarle a Dios, para alegrar su corazón, para ministrarle a él.
(De este tema de "ministrarle a Dios" hablaremos en más detalle en otro post).


"...No sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. 
Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís."


Esto también lo he visto suceder. Se da el caso de ministros que escogen sus canciones en base a cuánto le gustan o no le gustan esas canciones a sus compañeros de ministerio o co-servidores del grupo de alabanza.


A veces algunos cantores incurren en escoger tal o cual canción para la ministración, simplemente porque saben que esa canción le gusta a todo el grupo en general. Otras veces las escogen porque saben que esa canción es de las preferidas de tal o cual músico que les va a acompañar ese día y así congraciarse con él y lograr que este músico toque su instrumento de buena gana. Pero... ¿Cómo así? ¿Acaso hay músicos en las iglesias evangélicas que tocarían de mala gana? Pues sí; lastimosamente.

No escojamos canciones para agradarle
a nuestros compañeros de ministerio.

A lo largo de más de cuatro décadas sirviendo a Dios en estos menesteres, me ha tocado (para bien y para mal) ver de todo en la viña del Señor (lo bueno, lo malo y lo feo, como dice aquella vieja película). Y en ese sentido, en cuanto a los grupos de alabanza en varias iglesias, me he topado con músicos que son sumamente quisquillosos, arrogantes, vanidosos, caprichosos, manipuladores e inmaduros (a tal punto que uno hasta se llega a preguntar a veces si es que estos de veras son cristianos).

Y no estoy exagerando. Tanto es así que el mismo Marcos Witt escribió y publicó un libro (en 1995) titulado "¿Qué hacemos con estos músicos?", en el cual, entre otras cosas, expone alguna de las actitudes negativas más frecuentes en los músicos de las iglesias cristianas evangélicas.

Bueno, el asunto es que, entre esas muchas malas mañas, me ha tocado ver cómo, cuando algún canto que les corresponda acompañar no es de los preferidos de esos "músicos temperamentales", entonces lo tocan de muy, pero muy mala gana (incluso con cara de fastidio y malos gestos). O en el mejor de los casos, lo tocan de la manera más plana o burda posible, lo mínimamente aceptable como para no quedar ellos mal (casi como que dijeran: "No me pidas más y agradece que te estoy acompañando"). Pero en realidad saben y pueden tocar muchísimo mejor que eso, incluso siendo músicos profesionales algunos de ellos.

Hay músicos en las iglesias que tocan de mala gana
cuando las canciones no son de sus preferidas.

Y esta mala actitud (que deja mucho que desear de tales músicos) la he visto suceder de primera mano en bastantes ocasiones a lo largo de los años, tanto hacia otros cantores, como también a mí misma me lo han aplicado una que otra vez (cuando alguna canción que iba yo a cantar no les gustaba mucho que digamos).

Dichos músicos hacen esas cosas como una especie de desquite contra el cantor, por hacerlos tocar una canción que no les gusta (como si el servicio a Dios se tratase de un asunto de autocomplacencia). Pero eso sí, cuando la canción les gusta, desarrollan un excelente cover o incluso la tocan mejor que la grabación original. Hermanos míos, estas cosas no deberían ocurrir en los grupos de alabanza. Pero, lastimosamente, suceden.

Y como muchos cantores saben que esta es una realidad, entonces, para evitarse complicaciones y no tener que luchar contra la corriente, optan por la vía más fácil o de menor resistencia: cantar solamente lo que saben que a esos músicos les agrada interpretar; simplemente, para evitar conflictos y no "incomodar" a ciertos compañeros del grupo con canciones que a estos no les agraden.

No cantemos para complacer a otros.

Y así, terminan cantando para agradar a los músicos, a los coristas o a los demás compañeros del grupo; y no escogen sus canciones teniendo en mente que le agraden a Dios.


"Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo."

4) ¿Buscas agradarte A TI MISMO con tus canciones?

En este punto hay mucha tela que cortar. Este es otro de los enfoques desacertados que a lo largo de los años he podido observar en muchos ministros de alabanza, tanto cantores como músicos. A veces sucede que, a quienes queremos agradar al ministrar es a nosotros mismos. Y esto sucede más de lo que imaginamos y muchas veces, sin ni siquiera darnos cuenta.

Hay quienes usan el altar como una ventana de oportunidad para ellos sentirse bien y autocomplacerse, al cantar o tocar esto o aquello.

El altar de Dios NO es una ventana de oportunidad
para nuestra realización personal.

En este sentido, es importante que comprendamos que el altar de Dios NO es un sitio para mi realización personal, para yo sentirme "realizado", "empoderado", ni para yo hacer las cosas que tanto anhelo hacer y darme así el gusto de sentirme bien con lo que hago.

En el altar de Dios, el “yo” debe quedar relegado y debe prevalecer esta premisa: “Señor, que NO se haga MI voluntad, sino LA TUYA” (Lucas 22:42b), tal como Jesús oró en el Getsemaní, antes de ser arrestado y llevado al Calvario.


Al ministrar, cumplamos la voluntad de Dios, no la nuestra

a) Los cantores caprichosos

(Volver a TABLA de CONTENIDO)

En el caso de los cantores, hay quienes eligen sus canciones basados únicamente en el criterio de que, de manera personal, les gusten a ellos, ya sea por su música o su melodía e incluso, porque les agrada el estilo del grupo o cantante famoso que las interpreta.

Y a veces, ni siquiera se fijan en la letra o mensaje de la canción, sino únicamente en que esta tenga un ritmo "pegajoso" o una melodía que les gustaría interpretar; o simplemente, porque aman cantar o hacer voces en armonía y la canción se presta para ellos lucirse; o quieren incursionar en el género musical específico que tiene esa canción. Es decir, aman más el cantar que el alabar y adorar a Dios.

No cantemos en un altar buscando realización personal.

No es asunto de cantar esta o aquella canción, basados solamente (y subrayo, solamente) en que "a mí me gusta", o porque “yo la quiero cantar”.

Demasiadas veces he oído a cantores decir: "Es que yo desde hace tiempo sueño con cantar esta canción". Y resulta que uno ve claramente que tal canción no es adecuada para usarla congregacionalmente por alguna de mil razones (ya sea, por su contenido no apropiado, mensaje errado o vacío, demasiada letra o extensión; falta de musicalidad y, por ende, poco asimilable al oído de los oyentes; un ritmo o género musical no apropiado a la ocasión, la canción no encaja en ese momento espiritual; falta de capacidad vocal del intérprete o de los músicos para ejecutarla, etc.).

Es mejor escoger canciones que no demanden
más allá de nuestras capacidades

Sin embargo, ese cantor no escucha razones ni consejos de nadie; y al final, termina interpretando esa canción, simplemente porque él o ella quería cumplir su capricho de sentirse "realizado" cantándola, arrastrando forzosamente a todo el grupo consigo. Y la mayoría de esas veces, tal interpretación resulta en un fracaso musical o vocal o, peor aún, en un fracaso de ministración. Incluso he visto a cantores bajar llorando por la frustración que les ocasionó su terquedad.

En lugar de todo eso, mejor preguntémonos primeramente si esa canción es apta o no para un uso congregacional; si su letra o mensaje es correcto, bíblico y cuánto habla acerca de Dios; si tenemos la capacidad vocal para interpretarla; si los músicos disponibles ese día tienen la destreza musical para tocarla; si el género musical es apropiado para la ocasión; si tiene demasiada letra y la congregación no la conoce; si la canción no es asimilable al oído común (carece de "musicalidad"), etc.

Pero, sobre todo, pidámosle a Dios que nos haga entender si a Él le gusta esa canción y si él quiere que la cantemos en ese día o momento espiritual específico. 


No seamos ministros caprichosos

Y de paso, tampoco nos creamos que nos las sabemos todas, ni subestimemos los buenos consejos de otros.

"Donde no hay dirección sabia, caerá el pueblo; mas en la multitud de consejeros hay seguridad." (Proverbios 11:14).

"Los pensamientos son frustrados donde no hay consejo; mas en la multitud de consejeros los pensamientos se afirman." (Proverbios 15:22)

"Porque con ingenio harás la guerra, y en la multitud de consejeros está la victoria." (Proverbios 24:6)

"¿Has visto hombre sabio en su propia opinión? Más esperanza hay del necio que de él." (Proverbios 26:12)

En la multitud de consejeros hay seguridad, sabiduría,
los pensamientos se afirman y está la victoria.


Ahora bien, con todo lo anterior, NO estoy diciendo que no incorporemos nuevas canciones, ni tampoco que sea malo usar canciones que nos agraden, pues obviamente, si la canción la escogimos nosotros, nos debería de gustar en primera instancia, claro está.

Porque cuando vamos a interpretar cualquier canción, una de las cosas importantes es que a nosotros mismos nos agrade, pues no resulta muy práctico escoger una canción que no nos habla primero a nosotros o que ni siquiera nos gusta. En ese caso, esa canción no va a funcionar (ni para nosotros y, probablemente, tampoco para los demás).


Así que, aunque un factor importante es que lo que escojamos interpretar nos debería agradar primeramente a nosotros, ese NO debería ser el factor determinante o el único criterio que guíe nuestra búsqueda, escogencia o selección de nuestras canciones. Ese es el punto.

Y es que el simple hecho de que a mí me guste una canción, no la convierte automáticamente en una canción apta para cantarla yo, ni apta para un uso congregacional. Hay otros factores que pesan más que eso.

Es común que haya canciones que nos inspiran porque nos han sido bendición o ministración personal ante una situación u ocasión en nuestras vidas. Y como Dios nos ministra de una manera especial través de esa canción, esta se convierte en una canción "tipo Wao!" para nosotros, como una especie de "himno personal". Pero el hecho de que Dios use esa canción para bendecirme o hablar a mi vida de manera personal, no significa necesariamente que esa canción vaya a funcionar de esa misma manera para toda la congregación.

Hay canciones que nos inspiran porque
nos resultan de bendición en alguna
situación o aspecto de nuestra vida

Comprendamos esto: una canción que funciona en mi devocional personal y privado, no necesariamente va a funcionar congregacionalmente (posiblemente sí, pero posiblemente no). Y aunque nuestra ministración en público es un reflejo de nuestra relación íntima con Dios en lo privado, no siempre podemos tomar todo lo privado y trasladarlo a lo público.

Y entonces, como al cantar determinada canción estos cantores se "sienten bendecidos" y "experimentan cosas bonitas", entonces ellos quieren darse el gusto de interpretarla, aprovechando la oportunidad que se les ha dado de cantar en un altar. Y a veces, ni siquiera contemplan muchos otros factores necesarios a tener en cuenta, más allá del simple argumento de: "Es que a mí me gusta esta canción..." o "Es que a mí me ministra esta canción..."

Por otro lado, no está de más decir que demasiadas veces me ha tocado ver a algunos cantores más emocionados y expectantes por la oportunidad de cantar tal o cual canción en un culto, que por el honor de elevar exaltación a Dios en un altar y guiar a la iglesia a hacerlo también. 
Emociónate más por el honor de cantarle a Dios, que por la oportunidad en sí de cantar.

Emociónate más por el honor de cantarle a Dios,
que por la oportunidad en sí de cantar.


b) Músicos que aman más el tocar que el adorar 


En el caso de los músicos, también sucede que algunos introducen las canciones en su grupo de alabanza, basados solamente en que la canción sea de tal o cual género musical que a ellos les gusta mucho tocar en su instrumento; o porque la canción usa determinada progresión de acordes que les agrada; o porque hay ciertos adornos o arreglos musicales que ellos quieren implementar y la canción se presta para eso.

Es decir, hay músicos cristianos que miran la canción únicamente como una pieza musical per sé, sobre la cual pueden trabajar y desplegar su creatividad y habilidades y desarrollar un buen performance.

Pero pareciera que a veces no se detienen a analizar el mensaje de la canción, ni a pensar un poquito si dicha canción realmente es del agrado de Dios, o si se alinea con el propósito de esa ministración específica. O sea, tocan la canción por el placer de ejecutarla en su instrumento, mas no para ofrecerla al Señor.

No toquemos música únicamente por el placer de ejecutarla.
Mas bien, ofrezcamos nuestra música al Señor;
y al hacerlo, hagámoslo con deleite.

Y dicho sea de paso, en el ámbito cristiano existen ciertas canciones con una musicalización exquisita, un ritmo que atrapa, arreglos musicales impresionantes, arreglos vocales espectaculares y da gusto escucharlas (como pieza musical en sí). Pero que cuando ponemos atención a su letra, no dicen nada, son letras vacías, no exaltan a Dios ni directa ni indirectamente; ni siquiera nos hacen pensar en Dios (sino solo en nosotros mismos); e incluso, algunas de ellas hasta resultan anti-bíblicas.

Así que no nos dejemos llevar por el hecho de que una canción sea excelente en su música, si su letra o mensaje no es correcto o apropiado.

No escojamos canciones solo por su buena música, si su letra es vacía y sin esencia



Ahora bien (y yendo más allá), en el mejor de los casos, ni siquiera basta con que una canción sea agradable a Dios y que resulte apropiada para la ministración (tanto en su letra como en su música). 
Aún siendo así, importa mucho, pero muchísimo, cuál es nuestra MOTIVACIÓN cuando la cantamos; es decir, por qué lo hacemos, qué es lo que nos impulsa a querer cantarla.

En este sentido (como veníamos diciendo un poco atrás), sucede mucho el caso de que al momento de ministrar en una iglesia, los cantores y músicos no canten o toquen una canción para ofrecérsela a Dios, sino para sentirse bien y felices consigo mismos y experimentar un sentimiento de satisfacción o realización personal.

O sea, que simplemente, cantan o tocan porque les gusta hacerlo, tal como realizarían cualquier hobby o pasatiempo.

Y no es para nada negativo que la música sea un hobby o pasatiempo para muchos, tal como el pasatiempo de otros es pintar, la jardinería, manualidades, carpintería, el ciclismo, etc. 

El tocar o interpretar música ofrece innumerables beneficios y es el pasatiempo perfecto para muchos. En un momento dado, ya sea sola o junto con amigos puedo cantar o tocar instrumentos musicales por simple entretenimiento o diversión, y no hay mal en ello. La música es hermosa y es bueno disfrutarla.

Es bueno disfrutar de la música como entretenimiento.
Pero el tocar y cantar en la iglesia tiene otra connotación.

Pero el ejercer el canto o la música desde un altar de Dios en la iglesia, eso sí que NO debe ser simple diversión o entretenimiento. Ya en ese caso estamos ministrando EN un altar y DESDE un altar, tanto A DIOS como A LAS PERSONAS; y eso no deberíamos tomarlo con ligereza. Hay en ello una connotación espiritual profunda e importante.
Pero acaso, ¿no puedo disfrutar mientras lo hago? ¡Por supuesto que sí! Pero que ese disfrute en sí no sea mi norte u objetivo. Ese es el punto.

En otros casos, algunos ministros cantan y tocan música no por diversión personal, sino para ser vistos por los demás y así obtener aprobación o admiración de otros. Si así hacen, esa admiración que reciban ya será su recompensa y perderán la recompensa que Dios les daría (Mateo 6:1-5). O peor aún, recibirán de Dios amonestación o incluso castigo, por no reverenciar el altar de Dios, tenerlo en poco y utilizarlo como una plataforma personal. No busquemos la admiración, reconocimiento o aprobación de otros al cantar y tocar en un altar.
De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.

No busquemos la admiración ni reconocimiento
de otros al cantar y tocar en un altar.

No cantemos o toquemos música en la iglesia solamente "por amor al arte"; es decir, por el simple placer de hacerlo. Eso puede ser aplicable en contextos seculares, mas no encaja en el ámbito de un ministerio musical para Dios.
Más bien, cantemos y toquemos "por amor a Dios", ofreciendo nuestra música al Señor. Y por supuesto, también disfrutemos mientras lo hacemos; pero que ese disfrute no sea nuestro objetivo, sino solo un efecto de lo que hacemos.

Ofrezcamos nuestra música al Señor

Por eso, es imperantemente necesario que, si servimos a Dios en el ministerio de alabanza de una iglesia (ya sea como cantores, voces de coro, músicos, compositores, arreglistas, etc.) comprendamos que el PROPÓSITO real de un altar de Dios NO ESTÁ CENTRADO EN NOSOTROS.

Al respecto, es necesario que interioricemos muy bien lo siguiente:
EL ALTAR DE DIOS:
  • NO es una plataforma para mi realización personal.
  • NO es una ventana de oportunidad para darme a conocer.
  • NO es un escenario para que yo pueda brillar.
  • NO es un espacio para desarrollar o mostrar mis talentos.
  • NO es un entorno para practicar mis hobbies.
  • NO es un lugar para que yo sea feliz haciendo lo que amo hacer.
  • NO es un ambiente para cumplir mis sueños.
  • NO es un medio para hacer realidad lo que siempre anhelé.
  • NO es una coyuntura para ganar experiencia y escalar en el ministerio.
  • NO es un trampolín para lanzarme a la fama.
  • NO es un sitio para sentirme realizado, útil o respetado.

Que tu meta al servirle a Dios en la alabanza
no sea el alcanzar tu satisfacción personal

Ahora bien:
  • Por supuesto que nos debería gustar lo que hacemos y es bueno que lo podamos disfrutar.
  • Por supuesto que si llegamos a alcanzar nuestro anhelo de servirle a Dios, sentiremos gozo.
  • Por supuesto que cuando cumplimos el propósito de Dios, eso nos hace sentir bien.
  • Por supuesto que si hacemos bien las cosas, seremos ejemplo y hasta referente para otros.
  • Por supuesto que conforme más servimos a Dios en la música o el canto, más se van puliendo nuestros talentos.
  • Claro que sí. Todo eso es bueno y no hay nada malo en ello.


Sin embargo, el asunto que debemos cuidar es que MI META (propósito, norte, objetivo, intención) como ministro de alabanza NO SEA el buscar mi satisfacción personal a través de los aspectos mencionados.


Todas esas cosas (el sentir gozo, sentirnos útiles, perfeccionar los talentos, cumplir nuestros anhelos, que nos lleguen a conocer o respetar, etc.) vendrán como RESULTADO de servirle a Dios, pero NO deberían ser la razón por la cual lo hacemos. Es decir, podrán ser el EFECTO, pero no la CAUSA o motivación.


"Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra."

Buscar nuestra satisfacción personal en el ministerio
no es poner la mira en las cosas de arriba

Así que, si somos ministros de alabanza, NO toquemos o cantemos música simplemente por el placer de hacerlo. Más bien, OFREZCAMOS y ENTREGUEMOS nuestro canto y nuestra música al Señor.


El complacerme a mí mismo o el complacer a otros al ministrar en un altar NO debería ser mi objetivo. Mi objetivo debe ser COMPLACER A DIOS y hacer lo que él me mande a hacer y de la manera en que él me mande a hacerlo. Todo lo demás que derive de allí será ganancia; será solo un efecto, una añadidura; pero no debe ser la causa o razón de lo que hago.


¿Te has puesto a pensar que como hijos de Dios tenemos la oportunidad y el honor de ministrarle a Dios? Es decir, de hacerle sentir feliz al gozarse con nosotros, sobre nosotros y por causa de nosotros. Esa es una oportunidad hermosa y sin igual.

Que nuestra música se convierta en alabanza a Dios.
En realidad, cuando lo que hacemos no es simplemente cantar o tocar canciones, sino que lo hacemos delante de Dios, dedicado a él, exaltándole a él y buscando alegrarle a él, ES ALLÍ CUANDO NUESTRA MÚSICA SE CONVIERTE EN ALABANZA.

Y entonces se torna en algo recíproco: le ofrecemos a Dios alabanza y él responde, alegrándose, disfrutando y deleitándose en esa alabanza:
"Cantad a Jehová cántico nuevo; SU alabanza sea en la congregación de los santos. Alégrese Israel en su Hacedor; los hijos de Sion se gocen en su Rey. Alaben su nombre con danza; con pandero y arpa a él canten. Porque JEHOVÁ TIENE CONTENTAMIENTO EN SU PUEBLO..."

Y cuando Dios tiene contentamiento en su pueblo que le alaba, él mismo se une y canta sobre nosotros:
"Canta, oh hija de Sion; da voces de júbilo, oh Israel; gózate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén.
Jehová ESTÁ EN MEDIO DE TI, poderoso, él salvará; SE GOZARÁ SOBRE TI CON ALEGRÍA, callará de amor, SE REGOCIJARÁ SOBRE TI CON CÁNTICOS."
Dios se goza y canta sobre nosotros cuando
le agrada la alabanza que le ofrecemos


Ahora bien, hay ministros (cantores y músicos) que desarrollan más amor y pasión por la música que por el Dios que nos entregó la música para exaltarle a él. 

Todo aquello que en nuestras vidas ocupe el lugar que le corresponde a Dios, todo aquello (aunque sean cosas buenas) a lo cual le concedamos más prioridad, atención e importancia que a Dios, eso entonces se convierte en un ÍDOLO. En este caso, sería idolatría por la Música (o "musicolatría", si cupiese el término).

De hecho, sí existe algo llamado "musicomanía" o "melomanía", que se define como "la afición extrema o fanatismo desmedido por la música". Se considera una especie de tendencia al furor vinculado a la música. Proviene de un vocablo griego derivado del prefijo "melos" (“canción, tonada, melodía”) y el sufijo "manía" ("pasión, entusiasmo, locura, afición desmedida").

La melomanía es una afición desmedida por la música.

La melomanía, aunque es reconocida por la psicología y la neurociencia, no se considera actualmente como un trastorno psicológico. Sin embargo, la persona melómana experimenta un amor, pasión, afición y entusiasmo tan profundos, desmedidos o exagerados por la música, que rayan más allá del simple disfrute normal y que puede, en algunos casos, llegar a la obsesión, a la dependencia o al fanatismo.

Podemos amar la Música y amar lo que hacemos a través de ella, pero jamás amarla más de lo que amamos al Dios que nos la dio.

Podemos amar la Música, pero no más
de lo que amamos al Dios que nos la dio.

Hace ya bastante tiempo escuché el testimonio de un músico, compositor y cantante profesional que durante muchos años había forjado una carrera en el ámbito secular. Él narraba que cuando llegó a los pies del Señor, puso sus talentos al servicio de Dios. Pero un día tuvo que hacer un alto y parar, pues él mismo se dio cuenta de que amaba más la Música que lo que amaba al Señor, y que todo lo que hacía en el ministerio lo estaba haciendo por amor a la música y no por amor a Dios.

El Señor le abrió los ojos a este músico y cantante para que se diera cuenta de su condición, hiciera un alto y permitiera que Dios trabajara dentro de él. Luego, después de esa temporada de pausa voluntaria, más adelante, retomó su servicio a Dios; pero con una visión renovada y clara de que su amor principal ahora era por Dios y para Dios, y no hacia la música.

Su razón de ser y hacer ya no sería la música, sino Dios; y la música se convirtió entonces para él en otra herramienta más para servirle a Dios.
Ahora bien, no es malo que nos agrade la música; todo lo contrario. De hecho, a los seres humanos Dios nos diseñó con la capacidad para crear, ejecutar y disfrutar la Música. 
Pero de allí, a que la música se convierta en una obsesión, o que, siendo hijos de Dios, queramos servirle a Dios en la música simplemente porque amamos estar en un ambiente musical, cantando y tocando, ya entonces iríamos mal.

Y esta idolatría por la música puede ir más allá. No solo manifestándose como una pasión desmedida por la música en sí misma, sino por todo lo relacionado a esta, incluyendo los cantantes, grupos musicales, canciones y las emociones que puedan sentirse y generarse a raíz de todo ello.

La pasión desmedida por la música no es algo sano


Es que la música es una forma de expresión poderosa (que influye en el cuerpo, alma y espíritu de las personas) y que a veces puede llevar a una pasión desmedida y al fanatismo. En el mundo secular, la industria musical del espectáculo a menudo fomenta la devoción a artistas, convirtiéndolos en iconos de culto; y los seguidores pueden mostrar una pasión desmedida, transformando a cantantes en figuras ideales o "ídolos".

En el ámbito cristiano también hay seguidores 
que convierten a sus cantantes preferidos en ídolos

En el ámbito cristiano esto también ocurre, solo que de manera atenuada y poco perceptible. Sin embargo, sucede. Existen cantores y músicos dentro de los grupos de alabanza que están al pendiente de la más reciente producción musical de tal o cual cantante o grupo musical e inmediatamente quieren replicarla en los altares de las iglesias, sin siquiera pasarlo por un filtro. Simplemente porque tal canción la canta Fulano o Sutana, ya la quieren ellos cantar también.

Incluso hay quienes toman a tal o cual cantante o grupo musical como referente a seguir (que no siempre es el correcto) de cómo debe ser la alabanza y adoración, intentando copiar su estilo, gestos y performance. Piensan que copiando la "forma" van a conseguir los mismos "efectos" que ven en sus cantantes favoritos. Pero la realidad no funciona así.

No es que sea malo aprender de los aspectos positivos de tal o cual persona, pero siempre debemos conservar nuestra propia identidad, y no aspirar a ser copias o clones de otros. Incluso en el ministerio de alabanza a Dios necesitamos saber filtrar lo que es bueno y lo que no lo es.

La pasión desmedida por la música (y todo lo relacionado a esta) puede llevar también a los cristianos a priorizar las emociones provocadas por la música, por encima de la profundidad, mensaje o doctrina, a veces convirtiendo eventos musicales en sustitutos de experiencias profundas o espirituales.

Y, como ya mencionamos más arriba, recordemos que todo aquello en nuestra vida a lo cual le concedamos un lugar más importante que Dios, se convierte de por sí en un ídolo. No nos convirtamos en "musicólatras".
"No tendrás dioses ajenos delante de mí." (Éxodo 20:3).

No adoremos la música. Adoremos a Dios.

Un ministro que sirve a Dios a través de la música y el canto puede (y debería) amar lo que hace. Pero nunca debería amar más lo que hace, que lo que ama a Aquel para quien lo hace. No nos enamoremos de la Música. Tampoco nos enamoremos del ministerio. ENAMORÉMONOS del SEÑOR. Por eso, tu intención en lo que haces importa. Y mucho.

Enamorémonos del Señor;
no de la música ni del ministerio.

"¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra."

"Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía."

5) ¿Qué sucede cuando no agradamos a Dios?


Al procurar (consciente o inconscientemente) agradar a quien sea con nuestras canciones, menos a Dios, corremos el riesgo de llegar a tener allí presente a mucha gente; pero que, tristemente, tal vez, Dios no esté allí. O posiblemente Dios estuvo allí al principio, pero después se marchó, porque fue echado a un lado por nosotros mismos, al darle el lugar de preminencia a otros o a otras cosas, en lugar de dárselo a Dios. O peor aún, se fue, porque cuando cantábamos le resultaba desagradable a él.

No echemos a Dios a un lado,
por estar dándole preminencia a otros.


En todo esto, podría suceder que lo que cantamos le desagrade a Dios, pero que nosotros ni siquiera nos demos cuenta. Y no necesariamente por las canciones en sí, sino por algo mucho más delicado y profundo. Y esto es algo muy fuerte, que sucedió con el pueblo de Israel. Veamos:

El pasaje que veremos a continuación nos muestra a Dios mismo amonestando duramente, no a pueblos impíos o paganos, sino al pueblo de Israel, y RECHAZANDO la MÚSICA, CANCIONES y SALMOS que ELLOS CANTABAN, debido a que NO tenían la actitud correcta al hacer las cosas supuestamente para Dios; y peor aún, vivían corrompidamente:

"ABORRECÍ, ABOMINÉ vuestras solemnidades, y NO ME COMPLACERÉ en vuestras asambleas. Y si me ofreciereis vuestros holocaustos y vuestras ofrendas, NO LOS RECIBIRÉ, NI MIRARÉ a las ofrendas de paz de vuestros animales engordados.
QUITA DE MÍ la multitud DE TUS CANTARES, pues NO ESCUCHARÉ las SALMODIAS de TUS INSTRUMENTOS. Pero corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo."

Dios rechazó lo que ofrecían (incluyendo su música y cantos)
porque la vida que llevaban desagradaba a Dios

Hay algo que me llama poderosamente la atención en este pasaje. Si vemos bien, esa gente estaba celebrando las "solemnidades", es decir, las fiestas solemnes que Dios había establecido; incluso ofrecerían los holocaustos y ofrendas que correspondían. También estaban cantando salmodias y acompañándolas con instrumentos musicales. Las salmodias consistían en proclamar los textos del libro de los Salmos usando una melodía sencilla o un canto recitado, acompañándolas además, en muchos casos, con instrumentos musicales.

O sea, esa gente estaba haciendo las cosas que se suponía debían hacer: celebrar las solemnidades establecidas en la Torah, ofrecer holocaustos y ofrendas, proclamar y entonar Salmos, cantando incluso la Palabra de Dios. Pero aún así, ¡Dios les dijo que llegó a ABORRECER y ABOMINAR esas cosas que ellos hacían, supuestamente para él! Pero, ¿por qué?

Si leemos todo el contexto del libro de Amós, veremos que la sociedad del reino de Israel (o sea del reino del norte) estaba grandemente corrompida: oprimían a los débiles, engañaban, cometían fraude comercial y hasta fraude con los productos alimenticios; la justicia, como institución, estaba secuestrada por jueces corruptos que aceptaban sobornos; los ricos estaban en opulencia, eran avaros y vivían en lujo desmedido, olvidándose de los necesitados y del sufrimiento del pueblo.

Aún así, esa gente asistía a los centros religiosos y ofrecía sacrificios abundantes, pero su culto estaba vacío porque no practicaban la bondad ni la justicia ni el temor de Dios en su vida diaria.

Hay veces que lo que le desagrada a Dios no son tanto las canciones en sí, sino nuestra actitud del corazón cuando cantamos e incluso, la vida misma que llevamos.

Dios mira tu vida, tu actitud y lo que le ofreces
(en ese orden)

Dios mira tu vida, tu actitud y lo que le ofreces (en ese orden). Él se fija en LA VIDA DEL OFERENTE (es decir, de quien ofrece), al igual que en SU ACTITUD y el corazón con que ofrece lo que ofrece; y entonces después, mira LO QUE SE LE ESTÁ OFRECIENDO (y en este caso que nos ocupa, lo que le cantamos).

Un ejemplo de la importancia de la actitud del oferente, así como de llevar una vida recta, lo vemos en las ofrendas que presentaron Caín y Abel:

“Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero NO MIRÓ CON AGRADO A CAÍN y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante.”
Dios miró a Abel y miró a Cain

Se nos dice aquí que Dios miró con agrado “a Abel y a su ofrenda” (v.4); “pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya” (v.5). O sea, que el Señor no examina únicamente LO QUE OFRECEMOS, sino también, A LA PERSONA que lo está ofreciendo. Esto nos muestra que Dios se fija primero en el oferente, y luego, en lo que ofrece.

De hecho, la Biblia misma nos aclara posteriormente lo mal que ya estaba la vida de Caín, aún antes de matar a su hermano:
"Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas."

Y es que aquello que una persona impía le ofrezca a Dios, él lo rechazará, precisamente porque su vida no es agradable ante él:
"El sacrificio de los impíos es abominación; ¡Cuánto más ofreciéndolo con maldad!"

Por eso, es importante procurar llevar una vida que sea agradable ante Dios, como punto de partida para que, de esa forma, aquello que le ofrezcamos a él, también le sea grato:
"El sacrificio de los impíos es abominación a Jehová; mas la oración DE LOS RECTOS es su gozo. Abominación es a Jehová el camino del impío; mas él ama AL QUE SIGUE JUSTICIA."

Y todo esto aplica también para la alabanza:
"Alegraos, oh JUSTOS, en Jehová; EN LOS ÍNTEGROS es hermosa la alabanza."

En los íntegros es hermosa la alabanza
(Salmos 33:1)

Este último versículo me hace entender que nuestra alabanza no puede ser hermosa si carecemos de integridad. Si dice que en los íntegros la alabanza resulta hermosa, entonces quiere decir que NO lo será en aquellos que NO son íntegros.

Y es que no importa si ofrecemos alabanza aparentemente hermosa ante nuestros ojos; si nuestra propia vida no es agradable a Dios, corremos el riesgo de que Dios nos diga lo mismo que le dijo al pueblo de Israel: "Quita de mí la multitud de tus cantares, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos." (Amós 5:23).

Solo para que comprendamos un poco mejor esto. Imaginemos que un esposo es infiel y su esposa lo sabe. Pero ese hombre llega y le ofrece una aparentemente hermosa serenata, le entrega flores, le regala un brazalete de oro y le dice, cantando, que la ama y que ella es todo para él. ¿Qué piensan que hará aquella esposa? Seguramente le tirará las flores y los regalos en la cara de aquel hombre y le dirá que se quite de allí, que es un hipócrita y mentiroso, pues si la amara de verdad, no le sería infiel.


Ahora imaginemos qué sentirá el Señor si le decimos cosas hermosas con nuestros labios, le cantamos que le amamos, que le adoramos, que reconocemos que es grande y poderoso, etc., etc., pero nuestra vida no es íntegra delante de él; no hacemos su voluntad, sino siempre la nuestra; no buscamos su gloria, sino nuestra propia gloria; no tenemos temor de Dios ni le amamos realmente.

Dios nos dice en su Palabra:
"El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? Y si soy señor, ¿dónde está mi temor? dice Jehová de los ejércitos a vosotros ...que menospreciáis mi nombre. Y decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre? ...Y dijisteis: ¿En qué te hemos deshonrado?..."

El propósito de todo lo comentado hasta aquí NO es criticar ni señalar a nadie, pues yo misma soy la primera imperfecta, e incurrido en muchos errores al ejercer el ministerio. La Palabra de Dios es espada de doble filo (Hebreos 4:12-13), que corta hacia adentro y hacia afuera (primero a nosotros mismos y luego a los demás).

Por eso, el objetivo de todo este post es que empecemos (y me incluyo) por identificar nuestros propios errores (de los cuales a veces ni siquiera nos damos cuenta) y mejoremos cada día; como personas, primeramente, así como en nuestro servicio a Dios.
"¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos."



La Palabra de Dios nos enseña cosas muy importantes acerca de a quién agradar. Veamos:
"No sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios;
7 sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres,
8 sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ese recibirá del Señor..."
Sirvamos de buena voluntad, como al Señor,
no buscando agradar a los hombres (Efesios 6:6-8)


Algo crucial en el pasaje que acabamos de citar es tener la intención y motivación internas correctas: el hacer las cosas con el propósito más elevado de agradar a Dios, en lugar de procurar la aprobación, recompensa, satisfacción o autocomplacencia humanas.

Por otro lado, se nos dice también que hemos de hacer los que hacemos con una actitud de buena voluntad, entendiendo que estamos sirviendo a Dios, y no al hombre. Y que, por tanto, lo que nos motive sea agradar a Dios y no a los hombres.

"Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres;
sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís.
Mas el que hace injusticia, recibirá la injusticia que hiciere, porque no hay acepción de personas."


Cuando leemos los versículos anteriores, solemos aplicarlos a nuestra vida en general y a nuestro servicio al Señor (lo cual es correcto). Pero también podemos aplicarlo específicamente a todo lo que hacemos cuando nos paramos en un altar a cantar y tocar para Dios. Todo debería ser "como para el Señor y no para los hombres". Es decir, deberíamos planear y ejecutar las cosas pensando primeramente en el Señor.

Que nuestros cantos y nuestra música
sean para ofrecerlos al Señor

¿Queremos versículos más específicos acerca de esto, en lo referente a las cosas que cantamos? Pues aquí hay más:

"...CANTANDO con gracia en vuestros corazones AL SEÑOR con salmos e himnos y cánticos espirituales.
Y TODO lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo TODO en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él."

En este pasaje que acabamos de citar, quisiera recalcar dos cosas importantes:
  • Nos instruye y ordena a cantar "AL SEÑOR", no a la gente, no a nosotros. Es por él y para él. Lo que cantemos debería ser dirigido a Dios, para Dios, preparado para agradarle a él, para alegrar su corazón, para bendecirle y exaltarle.
  • Nos dice que al cantar, lo hagamos con "SALMOS". El libro de los Salmos es el cancionero de la Biblia. Si estudiamos los 150 salmos de la Biblia, nos daremos cuenta de que el centro y protagonista de ellos es Dios. Los salmos hablan de su gloria, su poder, su magnificencia y maravillas; nos instan a alabarle, adorarle y agradecerle en todo momento; a amarle por encima de todo, a confiar en su protección, cuidado y provisión; a temerle y reverenciarle, a buscarle y conocerle más, etc. Incluso, hay ciertos salmos en los que, aunque el escritor habla de sus penas, angustias, pecados, agonías, anhelos, dificultades, derrotas, tristezas, luchas y pruebas (como cualquiera de nosotros); aún así, siempre, en algún momento del salmo, el salmista levanta sus ojos y su voz y entona algún canto de victoria, esperanza o gratitud, aún en medio de esa situación, porque su canto se basa en la convicción de quién es el Dios al que le canta. Por eso, si la Biblia nos insta a cantar Salmos es para que el protagonista de nuestros cantos sea el Señor, no nosotros.

La Palabra de Dios debería convertirse en nuestra mejor
fuente de inspiración para cantarle a Dios


REFLEXIONES FINALES:

Si alguna de las motivaciones desacertadas que hemos mencionado a lo largo de este post es el pensamiento que nos mueve a estar en un altar o a formar parte de un equipo de alabanza, entonces quizás aún no tengamos un entendimiento apropiado de lo que significa servir a Dios en el ministerio de alabarle y adorarle.

Quizás hasta estemos haciendo las cosas con mucho entusiasmo, alegría y con buena intención, pero posiblemente nuestra motivación subconsciente no esté centrada en Dios (sino en nosotros mismos, en otros, en la música, en cantar, en tocar un instrumento musical, etc.) y tal vez ni siquiera nos hayamos dado cuenta de ello.

Ahora bien, eso no te hace una mala persona o un mal ministro, pues posiblemente ni te habías dado cuenta. Pero después de haber leído hasta aquí, tal vez te has visto retratado en algunas de las cosas que hemos conversado en este post.

Por eso es importantísimo que nos auto-evaluemos y que abramos con sencillez nuestro corazón ante el Señor para que él nos haga entender lo que hay en nosotros, y así permitirle que nos encamine en la dirección correcta; pues solo Dios nos conoce mejor que nosotros a nosotros mismos. Ese dicho tan conocido de "solo sigue la voz de tu corazón" no es correcto, pues la Biblia nos enseña precisamente lo contrario:
"Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras."
"Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.
Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno."


El fin de todo discurso aquí leído es instarnos a recapacitar y auto-examinarnos introspectivamente, para que, en caso de que nos hayamos desviado del norte o propósito en lo que hacemos, podamos acudir al Señor para que él nos ayude a rectificar y hacer las correcciones necesarias, en cuanto a nuestras actitudes y motivaciones. Y así, procurar alinearnos con la voluntad de Dios en todo lo que hagamos como servidores suyos dentro de un ministerio de alabanza.

Así que recordemos, como ministros de alabanza, músicos o cantores, que agradar a Dios debería ser nuestra motivación principal cuando ministramos el tiempo de alabanza congregacional en la iglesia; y esto, tanto antes (cuando preparamos previamente todo lo que vamos a hacer) como durante (cuando ejecutamos aquello para lo cual nos preparamos).

Agrademos siempre a Dios
con nuestra alabanza y adoración

Ahora bien, si de manera sincera te preguntas: ¿Cómo puedo agradar a Dios con mis canciones? La respuesta a esa pregunta nos lleva a un punto primordial en toda esta temática: la importancia de MINISTRAR A DIOS.

Posiblemente ahora te preguntes: ¿Cómo así con esto de "ministrar a Dios"? ¿Acaso nosotros, simples mortales, podemos "ministrarle" al Dios del cielo? ¿No es acaso él quien nos ministra a nosotros?

Bueno, este tema es tan amplio e importante, que dedicaré un post aparte, especialmente para tratar el tema de MINISTRAR A DIOS. Y estoy segura de que te va a ser de bendición. Próximamente lo estaré publicando, Dios mediante.

Gracias por haber leído hasta aquí. Más abajo puedes encontrar la lista de algunos otros posts que te podrían interesar....



Si este post te fue de bendición, por favor compártelo con otros. Muchas Gracias...


PUBLICADO POR:
VICKY (Autora de este blog)

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